La importancia de aprender a gestionar el malestar: el lado adaptativo de las emociones incómodas. 

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 ¿Qué son las emociones? 

Las emociones son reacciones afectivas automáticas – las llamadas emociones primarias – y aprendidas o sociales – las denominadas emociones secundarias – que cumplen funciones específicas. Cada emoción nos permite interpretar qué está sucediendo a nuestro alrededor y prepara para actuar ante lo que aparece en nuestro contexto (ya sea interno o externo). 

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 ¿Para qué sirven las emociones? 

Diariamente vamos acompañados de distintas emociones. Sentimos alegría, tristeza, miedo, rabia, sorpresa… pero ¿alguna vez te has preguntado por qué? ¿acaso sirve para algo este torbellino de emociones que puede ser tan difícil de gestionar? 

Lo cierto es que sí. Las emociones cumplen un papel primordial en nuestro día a día: nos ayudan a adaptarnos, a tomar decisiones y a conectar con el mundo. Esto incluye aquellas emociones que preferiríamos no sentir y cuyos efectos optaríamos por no experimentar. 

Así es. Contrariamente a lo que se podría pensar: las emociones desagradables también cumplen un cometido fundamental en nuestra vida. Y, si bien suena paradójico, esta idea es fundamental… 

¿Cómo es eso de que “sentirnos mal” está bien? 

La sociedad actual se caracteriza por contar con unos valores “de moda”: como el placer, la comodidad y el éxito. De este modo, cae sobre todos una obligación de ser felices, y si no lo somos, parece que hay algo mal en nosotros. Pero ¿y si te dijéramos que sentirte mal no solo es normal sino, a veces, necesario? 

La realidad es que todas las emociones son fundamentales, tienen una función informativa y nos orientan a la acción ante los acontecimientos que las desencadenan. Por ello, deberíamos ser capaces de escucharlas y regularlas de manera saludable y autocompasiva. 

En otras palabras, los psicólogos nos preocuparíamos mucho si alguien manifestase que siempre está alegre. Esto es muy inusual, y simplemente, antinatural. Lo crucial es que podamos gestionar tanto las emociones de valencia positiva como las de valencia negativa de una forma que no sea dañina para nosotros. 

La funcionalidad de las emociones. 

Las emociones primarias han sido un punto clave de la evolución humana. Algunos ejemplos: 

– El miedo nos protegió de los depredadores y nos resguarda de otras amenazas que pueden poner en riesgo nuestra supervivencia. 

– La tristeza promueve la reflexión, suele facilitar la introspección y transmite la necesidad de apoyo en momentos difíciles. 

– La alegría fomenta nuestras conexiones sociales y refuerza los lazos intragrupales. 

– El asco permite que nos apartemos de estímulos potencialmente dañinos. 

– La sorpresa da lugar a que nos preparemos para reaccionar ante una situación imprevista. 

Ahora bien, más allá de las funciones vinculadas con asegurar la supervivencia inmediata, a medida que la vida se ha ido complejizando, las reacciones emocionales y las funciones de dichas emociones también lo han hecho. En este contexto surgen la vergüenza, la culpa y otras emociones secundarias que el ser humano ha necesitado para conformar y adaptarse a una vida social, grupal e interactiva. Algunos ejemplos: 

La vergüenza surge del miedo a la invalidación social, promoviendo que la conducta sea socialmente aceptable y se ajuste a las expectativas del grupo. 

El orgullo aparece ante la satisfacción que una persona siente cuando considera haber hecho algo de la manera que debería ser. 

La ansiedad, a diferencia del miedo (un estado centrado en el aquí y ahora), surge ante lo que nos preocupa que podría suceder en un futuro. 

¿Necesito ayuda con la gestión de mis emociones? 

A lo largo de nuestra historia vital puede ocurrir que aprendamos a relacionarnos de manera problemática con ciertas emociones o las reacciones que generan. Concretamente, podría suceder que nuestra respuesta emocional se origine a raíz de ciertas situaciones que, en principio, no la deberían elicitar. Podría suceder que tengamos una respuesta emocional excesivamente amplia o generalizada, o que la gestión que hagamos no sólo no sea autocompasiva, sino que además sea profundamente dañina. 

Esto último sucede de manera relativamente frecuente con la culpa. A grandes rasgos, la culpa genera reacciones emocionales ante la percepción de haber hecho algo mal o incorrecto. Siempre y cuando esta percepción se corresponda con la realidad, estará cumpliendo su función adaptativa y nos permitirá adecuarnos de mejor manera a nuestro entorno social. Sin embargo, no siempre es así y la percepción de la persona puede no corresponderse con la realidad. Por ejemplo, algunas personas pueden sentirse culpables por haber comunicado un límite personal o haber defendido uno de sus derechos de manera asertiva. 

La respuesta o gestión emocional desadaptativa puede generar mayores niveles de estrés o ansiedad, la cronificación del malestar o incluso, problemas de salud. En este sentido, identificar, etiquetar, comprender, aceptar y validar nuestras emociones nos permite responder mejor a las situaciones vitales. En todo caso, con apoyo psicológico es posible trabajar los componentes de la emoción y de la gestión realizada, para que cumpla su función adaptativa. 

¿Por qué no deberíamos evitar nuestras emociones? 

Se espera que las emociones desagradables generen malestar. Pero, si bien hemos visto anteriormente que ese malestar puede, paradójicamente, cumplir una función adaptativa, es importante atender a cuando la gestión emocional provoca sufrimiento. 

En ocasiones, el esfuerzo y los recursos invertidos en no conectar con la emoción desagradable puede desencadenar incluso mayor malestar, al intentar evitar lo inevitable. Las emociones podríamos decir, metafóricamente, que “nos persiguen”. En otras palabras: cuando intentamos suprimir las emociones ocurre como cuando empujamos y mantenemos un balón inflado debajo del agua de una piscina… en cuanto lo soltemos saldrá disparado a la superficie por la presión acumulada. 

Con todo ello, en el caso de que la gestión que estés haciendo de ciertas emociones te esté provocando malestar más allá de la propia emoción, sea peligrosa (por ejemplo: poniendo en peligro tu integridad física) o poco saludable, busca ayuda profesional. En manos de un psicólogo es posible reaprender la gestión emocional, cumpliendo el objetivo de no hacernos más daño y ayudarnos a que las emociones favorezcan una vida plena y satisfactoria. 

 

– artículo de Sophie McBain.

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