¿Alguna vez has sentido malestar al verte reflejado/a en el espejo? ¿Evitas hacerte fotos por miedo a lo que puedan mostrar sobre tu cuerpo? ¿Vistes con ropa ancha para intentar controlar cómo te ves?
¿Qué pasa si te dijéramos que es esperable? En una época en la que se defienden temas tan necesarios como los “cuerpos reales”, la diversidad corporal y la autoaceptación, la insatisfacción corporal parece más prevalente que nunca.
El origen de la insatisfacción corporal
Es importante remarcar que no hay un gen que derive en que estemos descontentos con nuestros cuerpos. Es decir, esto no es algo innato sino cultural, y un aspecto notorio de la sociedad actual.
Como casi todo, la insatisfacción con nuestro cuerpo se aprende, ya sea de manera directa (por ejemplo, por medio de comentarios hechos sobre nuestro cuerpo) como indirecta (por ejemplo, al escuchar comentarios desagradables dirigidos a otra persona por su físico o al contemplar que varía la atención obtenida en función del cuerpo de quien la recibe).
La realidad es que se nos enseña a no querernos, a no apreciar nuestro cuerpo y a que únicamente podremos valorar positivamente nuestra apariencia cuando coincida con los estándares “de belleza” actuales. Estos estándares se difunden a través de las redes sociales, la publicidad, y en general, la cultura popular. Así, se asocian ciertos atributos físicos, planteados como características de un cuerpo ideal, con los valores de moda como el éxito, la atención o el aprecio.
La insatisfacción corporal lucra
Tristemente, nuestro comportamiento, pensamientos y emociones sobre nuestro cuerpo se ven influenciados por la industria de la estética. Las empresas que la conforman se lucran con la insatisfacción corporal. Nos hacen creer que únicamente podemos sentirnos realmente bien con nuestro cuerpo al alcanzar un estándar diseñado por ellas que, además, es cambiante.
Se establecen estándares irreales, difícilmente alcanzables para la mayoría de los seres humanos, y que cambian constantemente. Lo más seguro es que cuando pensemos que estamos a punto de alcanzar el estándar con el que por fin lograremos descansar del malestar, ese mismo estándar vuelva a cambiar, prolongando la insatisfacción, la presión y sus consecuencias en el tiempo.
Por ejemplo, durante los 90 eran populares los labios delgados. Pero, en torno al año 2010 llegó la tendencia de los labios gruesos y voluminosos, lo que motivó a muchas mujeres a hacerse rellenos dérmicos. Actualmente, ha vuelto la moda de los labios menos voluminosos, haciendo que muchas mujeres se sintieran en la obligación de revertir en la medida de lo posible los procesos estéticos a los que se habían sometido.
Las consecuencias de cumplir con los estándares de belleza
Suele ocurrir que, cuando sufrimos un cambio físico coherente con los estándares, experimentamos consecuencias que nos parecen positivas en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, cuando nos hacen comentarios del estilo: ¡vaya tipín te quedó, estás guapísimo/a! al perder peso. Por otro lado, ocurre lo contrario cuando alguien se aleja de esos estándares, y escuchamos comentarios del tipo: ¡ha cogido unos kilitos, está feísimo/a!
De esta manera se producen asociaciones entre ciertas características corporales y estímulos apetitivos (agradables) o aversivos (desagradables), a partir de las cuales aprendemos a relacionarnos con nuestro cuerpo de determinadas maneras (habitualmente dañinas).
Además, las redes sociales fomentan esta insatisfacción al promover la comparación con otras personas con ese cuerpo “perfecto” a ojos de la sociedad (como muchos influencers) o, incluso, con nosotros mismos (con los filtros de Instagram).
Cuando interiorizamos estos aprendizajes se instauran una serie de reglas que guían nuestro comportamiento. Podría ser, incluso, que lo que hagamos no responda a lo que es real e intrínsecamente importante para nosotros, sino a lo que nos han enseñado que debería ser importante en base a criterios externos.
Un ejemplo que ilustra esto último es la promesa de la delgadez, por la que parece que todos nuestros problemas y malestares desaparecen al perder peso. Por ejemplo, podría ser que alguna vez hayamos pensado que si adelgazamos le gustaremos más a esa persona que nos atrae, pero que no nos hace mucho caso. ¿Acaso querríamos que esa persona nos prestase atención si su aprecio depende de nuestra forma corporal?
¿Qué podríamos hacer?
La insatisfacción corporal es multifactorial. Es difícil escapar por completo de aquello que constituye una parte tan importante de nuestra sociedad y del sistema actual (y no deberíamos culparnos por ello). Sin embargo, sí podemos adoptar ciertas medidas para que el malestar que sintamos ante la insatisfacción corporal no nos sobrepase. También podemos pedir ayuda profesional, y acudir al psicólogo para que nos acompañe en el proceso de aceptación corporal.
Sí. Has leído bien, quizá la clave no esté en buscar sentirnos siempre y totalmente satisfechos con nuestro cuerpo (¡esto parece añadir incluso más presión!), sino en aceptarlo, y aceptar que pueden haber partes que no nos gusten. Podemos aprender a valorar aquello que nos permite hacer nuestro cuerpo y que es importante para nosotros. Y, además, aprender a gestionar el malestar derivado de la insatisfacción corporal de manera que no nos incapacite para construir una vida plena.
Algunas ideas…
Eres mucho más que tu cuerpo. De hecho, podríamos plantear que tu cuerpo es un mero vehículo para alcanzar aquello que para ti es importante en la vida. ¿Te has preguntado quién eres más allá de tu apariencia física? Por ejemplo, eres amigo de…, familiar de…, tienes aficiones, y cuentas con cualidades personales maravillosas.
También podemos aprender a cuidar nuestro diálogo interno. Por ejemplo, imaginemos que un día nos sentimos inseguros con el tamaño de nuestros brazos. Tenemos varias opciones… pensar: “¡vaya brazacos tengo, qué horror!” o algo similar a: “mis brazos me van a permitir darle un abrazo enorme a mi amiga en cuanto la vea”.
Todos tenemos derecho a dedicar tiempo y atención a otras cosas que nos importan: explorar el mundo, abrazar a nuestros seres queridos y reír hasta no poder más, sin tener que evitar u obsesionarnos por controlar ciertas ocurrencias relacionadas con nuestro cuerpo.
Artículo por Sophie McBain.