Factores de protección: los escudos que desconocemos que tenemos

Es habitual, a la hora de hablar de salud mental, focalizarnos en las amenazas que puedan suponer cualquier riesgo para la misma. Estas amenazas también son conocidas como factores de riesgo, que constituyen aquellas circunstancias que aumentan la probabilidad de desarrollar problemas como ansiedad, depresión o trastornos de conducta. Sin embargo, y aunque es fundamental conocer aquello que nos supone una amenaza, a menudo llama tanto nuestra atención que olvidamos poner en valor aquello que, incluso cuando no nos damos cuenta, nos protege. Esto es lo que conocemos como factores de protección, elementos que actúan a modo de escudo para fortalecer nuestra resiliencia y favorecer nuestro bienestar. 

A lo largo de este artículo vamos a explorar más detenidamente qué son estos factores, por qué son tan importantes y cómo podemos potenciarlos en nuestro día a día. 

¿Ǫué son los factores de protección? 

Los factores de protección son características, habilidades o circunstancias que reducen significativamente la probabilidad de que una persona desarrolle problemas emocionales, incluso cuando está expuesta a situaciones de estrés o adversidad. 

Estos factores actúan como “amortiguadores” que disminuyen el impacto negativo de los factores de riesgo y potencian nuestra capacidad para enfrentar desafíos. Pueden ser internos, como nuestras habilidades personales, o externos, como el apoyo social o las condiciones del entorno. 

Algunos ejemplos comunes de factores de protección son: 

● Habilidades de regulación emocional: Saber identificar y gestionar nuestras emociones de forma adecuada. 

● Redes de apoyo social: Tener relaciones sólidas con el entorno (amigos, familiares, compañeros….). 

● Autoestima y autoconfianza: Confianza en las propias capacidades para superar dificultades. 

● Ambientes seguros: Hogares y comunidades estables y libres de violencia. 

● Acceso a recursos: Educación, servicios de salud mental y oportunidades laborales. 

Pero… ¿Por qué son tan importantes? 

Los factores de protección no solo previenen problemas de salud mental, sino que también fomentan el desarrollo de un estado de bienestar emocional positivo. Son el pilar de lo que los psicólogos denominamos resiliencia, conocida como la capacidad de adaptarse y superar situaciones difíciles. 

Numerosas investigaciones han demostrado que una red de apoyo social sólida actúa como amortiguador frente a eventos traumáticos y reduce el riesgo de depresión, concluyendo que el apoyo social no solo mejora la percepción de seguridad, sino que también ayuda a las personas a reinterpretar experiencias difíciles de manera menos amenazante. Del mismo modo, las habilidades de regulación emocional se asocian con menores niveles de estrés crónico. Estas investigaciones nos exponen dos estrategias principales de regulación emocional: la reevaluación cognitiva (la cual supone, reinterpretar una situación de cara a reducir su impacto emocional) y la supresión (la cual implica la inhibición de respuestas emocionales), obteniendo resultados que evidencian que la reevaluación cognitiva se asocia con menores niveles de estrés crónico y trastornos emocionales. 

¿Cómo potenciar nuestros factores de protección? 

Llegados a este punto, es lógico que nos preguntemos cómo podemos entonces potenciar estos factores. La buena noticia es que muchos factores de protección los podemos entrenar y trabajar de forma activa. Estas son algunas pautas que podemos seguir de cara a un mejor desarrollo de los mismos: 

● Fortalecer nuestras relaciones personales: Dedicar tiempo a construir conexiones profundas y significativas con amigos, familiares o compañeros de trabajo. Por ejemplo, participar en actividades grupales también puede ayudarnos a ampliar nuestro círculo de apoyo. 

● Practicar la regulación emocional: 

○ Aprende a identificar nuestras emociones y aceptar que todas, incluso las de valencia negativas, son parte de la experiencia humana. 

○ Técnicas como el mindfulness o escribir un diario emocional pueden ayudarnos a gestionar mejor el estrés. 

● Desarrollar habilidades de afrontamiento: Trabajar en nuestra capacidad para resolver problemas y manejar conflictos de manera constructiva, habilidad que puede alcanzarse mediante la terapia cognitivo-conductual. 

● Cuidar nuestro cuerpo: Dormir lo suficiente, llevar una dieta equilibrada y hacer ejercicio regular no solo benefician nuestra salud física, sino también nuestro bienestar mental. 

● Busca un propósito: Establecer metas significativas, claras y alcanzables, pues esto contribuye a aumentar nuestra sensación de satisfacción y a construir una vida plena. 

En definitiva, aunque los factores de riesgo siempre van a estar presentes, los factores de protección son la clave para combatirlos con éxito. Al cultivar habilidades emocionales, construir redes de apoyo y crear ambientes saludables, podemos proteger nuestra salud mental y la de quienes nos rodean. Desarrollar estos escudos emocionales no solo nos ayuda a resistir los golpes, sino también a evolucionar a pesar de ellos. 

 

Artículo por Sarah Torvisco.

Primera Consulta

Gratuíta